La noticia lo tomó por sorpresa. “Me resultó asombroso y desconcertante; realmente no lo esperaba”, comenta el autor al enterarse que su obra, publicada por Ediciones U. Finis Terrae en 2025, fue incorporada al catálogo de la Universidad de Stanford, institución reconocida por su tradición en estudios literarios y escritura creativa.
Los veinte textos del libro recorren la relación personal de Marcelo Uribe con la literatura y el arte. Inscritos en la tradición del ensayo personal, avanzan entre lecturas dispersas, conversaciones, películas, imágenes, citas y vivencias. “Este libro está vagamente inspirado de escombros” escribe el autor, aludiendo a ese modo de reunir fragmentos, referencias y recuerdos presente en buena parte del ensayo latinoamericano.
Poeta, candidato a doctor en estudios americanos (USACH) y profesor universitario, Marcelo Uribe Lamour (1981) sostiene también su escritura en diálogo con su trabajo en la Escuela de Publicidad de la Universidad Finis Terrae. La sala de clases atraviesa varios de los textos reunidos en el libro y aparece como un lugar para observar el Chile actual.
—¿Qué lugar ocupa la pedagogía en tu escritura?
Siempre digo que soy profesor, porque toda mi vida ha girado en torno a la educación. La sala de clases es un termómetro. Se dice mucho que uno puede medir el estado del país conversando con un taxista, pero creo que hemos desaprovechado ese termómetro, especialmente en la universidad. Allí se revelan síntomas que pueden ayudarnos a pensar el país y eso es algo que quise transmitir en Objetos encontrados.
—Citas a Hannah Arendt para hablar de la autoridad educativa y de un cierto declive de la formación.
Cuando empecé a hacer clases noté que algo ocurría entre los estudiantes y la universidad. Había un clima de declive. En Chile se habla del deterioro de la democracia, pero es un tabú hablar del deterioro de la formación educativa. Mi crítica no apunta a instituciones sino al valor que le damos a la educación. Philip Roth tiene una frase brutal: “el estudiante termina convirtiendo su ignorancia en un privilegio”. Entonces todo lo difícil empieza a descartarse por solo ello. Cuando lo “difícil” es una parte fundamental del proceso educativo.
—En ese contexto, ¿a quién imaginas como lector?
Mi interlocutor ideal es un estudiante. Cuando incluyo una referencias o citas las pienso también como una posibilidad formativa, como algo que puede ayudar a entender mejor ciertos fenómenos, abrir un proceso de aprendizaje.


Ese interés por la formación tiene raíces en su paso por el Instituto Nacional en los noventa, décadas donde la vida cultural comenzaba a reactivarse tras el retorno a la democracia. “Recuerdo, por ejemplo, que tenía el teléfono del escritor Antonio Skármeta (Premio Nacional de Literatura 2014) y lo podía llamar a cualquier hora para conversar sobre literatura. Para mí fue pasar a otro planeta estudiar en el Instituto, pensando que venía de una realidad de un sector muy marginal de Puente Alto. Me marcó mucho ese salto”.
Años después, cursando un magíster en arte, tuvo un momento que le permitió dimensionar esa experiencia: una clase del filósofo chileno Sergio Rojas —recuerda— le resultó “sorprendentemente similar” a las que había tenido en tercero medio.
— El libro reúne textos que primero circularon en internet. ¿Cómo pasaron de ser columnas sueltas a una publicación?
Partió por azar. Antes del estallido, en 2019, empecé a publicar columnas sueltas en Guion Bajo (medio cultural digital). Escribía “cualquier cosa”, así, sin plan. Después vino el estallido, el encierro por pandemia y ahí me di cuenta de que quería escribir algo que en algún minuto pudiera convertirse en un libro. Para eso necesitaba continuidad: una estética común y, si se podía, un rótulo personal.
—¿Qué cambió al preparar la edición en papel?
Al final sumé dos textos que escribí durante mis estudios en el doctorado —son los dos últimos— porque, aunque son más largos, tenían una estética común con las columnas. Y agregué algunos collages, porque sentía que tenían conexión con el texto.
—Hablando del collage, tienes una mirada crítica hacia esa práctica artística, pese a que incluyes algunos de tu autoría. ¿Cómo se explica esa paradoja?
En la Escuela de Publicidad trabajamos mucho con collage. Incluso soy coautor de un libro que se llama La Bitácora Visual (Ediciones U. Finis Terrae, 2017), que es una didáctica para estudiantes basada en esa técnica. Eso me permitió notar que el collage se ha vuelto extremadamente popular. Ese fenómeno me llamó la atención como síntoma cultural y me interesó observarlo críticamente.


Para Marcelo Uribe, la apuesta del libro está también en la escritura misma: “Me interesa que haya una forma particular de decir las cosas, que los textos tengan intensidad literaria. Por eso hay una búsqueda narrativa y estética detrás de cada ensayo. Más allá de que el lector esté de acuerdo o no con lo que planteo, me interesa que al leer el libro pueda reconocer que está bien escrito”.
—En términos de escritura hablas del “escombro”, a qué te refieres.
Después del estallido social había una sensación de desorientación muy fuerte, como si muchas de las certezas que organizaban el discurso público se hubieran desarmado. Me interesaba trabajar con esa experiencia: con restos y materiales sueltos que no necesariamente construyen un relato continuo. Por eso el libro está hecho de piezas breves que funcionan casi como hallazgos culturales. En lugar de ofrecer una interpretación total del momento, preferí trabajar con esos fragmentos: lecturas, citas, imágenes o escenas que aparecen como “escombros” de una conversación más amplia sobre arte, literatura y universidad.
Al inicio de Objetos encontrados. Apuntes sobre arte, literatura y universidad, Marcelo Uribe Lamour propone una síntesis de su propio método: escribir con lo que ha leído y visto, reuniendo fragmentos mientras dirige la orquesta de su propio tiempo disponible. Por eso no deja de resultarle curioso que su obra —escrita, según dice, de forma “ansiosa y atolondrada”— estén hoy entre los estantes de la Biblioteca de la Universidad de Stanford.

