
Ernesto Banderas (Santiago, 1955) ha consolidado una propuesta pictórica volcada a la figura humana en un periodo donde gran parte de la escena local se desplazó hacia operaciones con los nuevos medios y la performance. Desde el dibujo, el grabado y la pintura, su trabajo insiste en la representación de un cuerpo “bajo tensión”, creando una visualidad donde hombres y mujeres son la traducción, comenta el artista, “de una historia que no termina de cerrar”.
“Me di cuenta de que lo que más me interesaba era la arquitectura, bajo una idea wagneriana: el lugar donde dialogaban la filosofía, la creación y el pensamiento político”, recuerda Banderas sobre sus años previos de ingreso a la Pontificia Universidad Católica, en 1971. Aunque finalmente optó por las artes visuales, esa intuición por el cruce de disciplinas marcó su formación, primero en la Escuela Experimental de Educación Artística, y luego bajo la guía del artista Eduardo Vilches (Premio Nacional de Artes Plásticas, 2019).
Su paso por la universidad coincidió con la fractura del ´73. “El golpe militar significó el fin de mi adolescencia de un día para otro”, señala. En ese contexto de clausura, el Taller de Artes Visuales (TAV), se volvió un espacio de resistencia intelectual. Los “seminarios de actualización” que dictaba Francisco Brugnoli (1935-2023) permitían que cineastas, científicos y teóricos rompieran la censura del régimen impuesto por la Junta. “Fue una suerte extraordinaria; en medio del apagón cultural, ese lugar funcionó como una zona de apertura para una generación que intentaba trabajar desde un país clausurado”, recuerda.
La crisis y la pulsión del taller
Hacia fines de los 70, la necesidad de subsistencia lo llevó a una larga etapa como profesor en el Colegio Tabancura. La exigencia de la sala de clases fue postergando su trabajo personal hasta el punto de cerrar el taller. La respuesta de su salud ante ese silencio creativo fue inmediata: “Me empecé a sentir físicamente mal y lo que tenía era una depresión catastrófica por haber dejado de producir. Ahí entendí que si no hago estas cosas me voy a enfermar; no era una afición, era una necesidad honda”.
Este proceso de introspección se vio cruzado por el accidente que sufrió en 1987, mientras se dirigía a la población La Bandera por la visita del Papa Juan Pablo II. El choque, que dejó a su mujer —la artista Rosina Walters— en coma y a él con graves fracturas, marcó un antes y un después. En 1988, impulsado por Virginia Huneeus, expuso en el Instituto Cultural de Las Condes los dibujos que había guardado en cuadernos pequeños durante su crisis. Fue una suerte de epifanía: lo político ya no era el centro explícito, sino una dimensión existencial ligada a la fragilidad de la vida.
El arquetipo del siglo XX y la situación suspendida
Los personajes que habitan su obra —figuras generalmente masculinas, de camisa blanca— remiten a un imaginario reconocible: el del hombre de mediados del siglo XX, con ecos del cine negro clásico. Se desplazan por espacios domésticos, sometidos a una desestabilización de su lógica espacial y funcional. “Son situaciones que no están resueltas, raras, que pueden desembocar en cualquier resultado”, explica.
Lector de J. P. Sartre y de la narrativa de Jorge Luis Borges, Banderas construye imágenes que evitan el mensaje unívoco para enfocarse en el desajuste. Como él mismo plantea: “Hay algo del ser humano que no calza, que no engrana totalmente con el lenguaje del mundo. Mi obra intenta inscribirse en ese desencuentro, en esa mirada sobre un mundo que está terminando, pero donde el futuro todavía no termina de cuajar”.
Académico de la Escuela de Artes Visuales de la Universidad Finis Terrae por casi dos décadas, Ernesto Banderas continúa trabajando con voz propia que se resiste a las “modas” apócales de la industria cultural.
Mi obra intenta en esa mirada sobre un mundo que está terminando, pero donde el futuro todavía no termina de cuajar
